Para niños con retraso en el desarrollo, desordenes en la integración sensorial, dificultades de aprendizaje, Síndrome Down, TEA ( Autismo, Asperger,... ), TDAH (Trastorno por déficit de atención con o sin hiperactividad ), bebé prematuro y problemas en el comportamiento.
En la Terapia Ocupacional usamos el juego como herramienta principal para desarrollar todas las habilidades y potencializar las capacidades de los niños respetando sus procesos del desarrollo de acuerdo a su edad.
Los alumnos de segundo de Infantil, en las actividades de motricidad.
El colegio Marista Castilla estrena un aula de integración sensorial para lograr un buen desarrollo del cerebro de los niños
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Que los alumnos organicen adecuadamente sus cerebros, que lo que
aprendan vaya encajando perfectamente en sus cabecitas, y que, además de
manejar un ‘iPhone’, sepan subir escaleras con soltura o sonarse los
mocos. Son algunas de las claves de la integración sensorial, una nueva
técnica de estimulación temprana que busca a través del movimiento y el
juego lograr un adecuado desarrollo neurológico en el niño que le
permitirá afrontar con más garantías los retos de su aprendizaje futuro.
Estas actividades son la base de un programa estrenado en el colegio
Marista, que ha puesto en marcha de forma pionera un aula de integración
sensorial bajo el título ‘Con los siete sentidos’.
Para este estreno, el centro cuenta con la asesoría de Isabelle
Beaudry, una terapeuta ocupacional canadiense con una amplia trayectoria
profesional y autora de numerosos libros, «posiblemente la que más sepa
en el mundo de este tema», según ha resaltado el director de Maristas,
Javier Velasco, en la presentación del aula de integración sensorial.
Isabelle Beaudry ha defendido este tipo de actividades, que están
presentes en los proyectos educativos de otros países y que irrumpen
tímidamente en España. «Pero hoy en día asistimos a un cambio en la
sociedad, que es más sedentaria, que dedica más tiempo al uso de nuevas
tecnologías, que vive a un ritmo acelerado, y que en muchos casos
descuida cosas que forman parte del desarrollo de los niños, como
correr, trepar y adquirir autonomía en su vida diaria», explicó durante
la presentación, insistiendo en que la motricidad es «la antesala del
aprendizaje cognitivo».
El director del colegio Marista, Javier Velasco, explica el proyecto
junto a los profesores de Infantil, otros miembros del equipo docente
del centro y representantes de La Caixa. A la izquierda, la terapeuta
Isabelle Beaudry.
Por su parte, la orientadora del centro, Feli Guerrero, ha explicado
que el objetivo de esta aula de integración sensorial es prevenir
alteraciones en el desarrollo y el aprendizaje de los niños, e
intervenir cuando se detecten casos de retrasos madurativos o de
hiperactividad.
La faceta preventiva se dirige a todos los alumnos de Infantil, que
diariamente realizan lo que se denominan circuitos motrices, como
demostraron ayer durante la presentación del programa. La faceta
terapéutica de esta iniciativa se realiza con aquellos alumnos que
presenten dificultades en su proceso de maduración y que se realiza por
parte de la terapeuta con tareas en el aula de integración sensorial.
El aula, que ha costado 16.000 euros y cuenta con el apoyo de La
Caixa, está dotada con materiales para llegar a los estímulos
sensoriales que se necesitan en las terapias, como objetos suspendidos,
piscinas de bolas o cuerdas para trepar para ahondar en ejercicios de
movimiento, táctiles o de resistencia muscular.
El aula está dirigida a los alumnos de Educación Infantil (de 3 a 6
años), si bien estará abierta a escolares de Primaria o Secundaria para
los que sea necesario.
Así como, la mayoría de niños, vive las fiestas de navidad con ganas e ilusión, para los niños con autismo o con otros trastornos de aprendizaje pueden significar días de mucho estrés.
La interrupción de la rutina diaria, el acudir a lugares desconocidos,
respirar nuevos olores, tener la casa llena de ruido y gente, etc.
pueden suponer para el niño un exceso de estrés.
Estas indicaciones giran alrededor de la importancia de una
planificación previa, ya sea explicando al niño lo que se encontrará los
próximos días, hablando con los familiares para que tengan en cuenta
las necesidades del pequeño, etc. En todo caso, la preparación del niño es la clave .
1. Reduce el estrés.
Trata de encontrar la mejor manera de reducir el estrés tanto para tu
hijo como para ti. Planifica con tranquilidad las fiestas y asegúrate
de que en tu casa haya espacios que permitan la relajación. Recuerda que
tu hijo se ve influenciado por tu estado de ánimo, y por lo tanto,
cuanto menos estrés tengas tú, menos tendrá él.
2. Pide ayuda.
Es posible que los amigos y la familia no sepan cómo actuar y dar
apoyo a menos que se lo pidas. Dales una lista de las cosas que pueden
hacer para darte apoyo; desde cuidar a tu hijo con autismo mientras
pasas tiempo con tus otros hijos, hasta que te ayuden a preparar la mesa
para la cena de Navidad o a hacer las compras.
3. Envuelve regalos que le resulten familiares.
Si tu hijo no tiene interés en abrir los regalos, ya que son nuevos y
desconocidos, envuelve algunos de sus juguetes preferidos. A menudo,
para un niño autista, desenvolver objetos que le resultan familiares
puede ser muy tranquilizador para él.
4. Asigna una tarea a tu hijo.
Asignarles alguna tarea puede ayudar a reducir el nivel de estrés de
tener gente en casa. Por ejemplo, recoger los abrigos de los invitados u
ofrecer aperitivos. También es una buena idea explicarle las diferentes
fases del evento: primero vendrán los invitados, luego nos sentaremos
en la mesa, entablaremos conversaciones, etc.
5. Introduce nuevos olores gradualmente.
Añade canela a la plastilina con la que el niño juega, para
introducir gradualmente nuevos aromas. Una de las cosas de las que más
se quejan los niños con autismo durante las fiestas son la gran cantidad
de perfumes que huelen. Pide a los familiares y amigos que no abusen
del perfume.
6. Trabajad conjuntamente en la preparación de los regalos.
Ayuda y anima a tu hijo a participar en la preparación de los regalos
de Navidad. Puede ser una excelente oportunidad para que tu hijo
trabaje las habilidades sociales, que piense en las necesidades e
intereses de otras personas y que sea amable y servicial.
7. Dedica tiempo a tu hijo.
Es fácil sentirse abrumado con los preparativos de las fiestas. Por
ello, es aconsejable planificar las actividades de cada día para poder
dedicar tiempo a tus hijos. Durante el tiempo que paséis juntos, deja
que el niño tome el timón; introdúcete en su mundo y vive las fiestas a
través de sus ojos.
8. Crea un calendario semanal.
Imprime un calendario que te permita pegar fotos o dibujos de las
actividades que tengáis planeadas durante las fiestas. Divide las
actividades en mañana, tarde, noche, etc.; ayudará a tu hijo a
visualizar la semana.
9. Prepara a la familia.
Habla con los miembros de la familia con tiempo. Explícales cuáles
son las necesidades específicas de tu hijo y cuáles son los planes que
habéis acordado para las fiestas de Navidad. Asegúrate de que entiendan
que, de esta manera, la experiencia será mejor para todos.
10. Prepara un “saco de actividades”.
Cuando seáis vosotros los que os desplacéis a otras casas para
celebrar las fiestas, llévate una bolsa o mochila con los objetos con
los que tu hijo encuentra consuelo y le gusta jugar; coches, peluches,
CDs, libros, etc. Si tu hijo se siente sobreestimulado, busca un rincón
tranquilo en el que pueda jugar con sus juguetes preferidos.
11. Enséñale fotos.
Si a tu hijo le gusta mirar fotos, puede ser una buena manera
de explicarle los diferentes eventos que tendrán lugar en los próximos
días. Enséñale álbumes familiares de las fiestas de otros años en los
que salga él, familiares, amigos, etc. De esta manera no se sentirá tan
abrumado con todo lo que vendrá.
12. Crea una experiencia alternativa.
Se pueden planificar experiencias alternativas, como por ejemplo,
juntarse con otros padres con hijos autistas y hacer actividades
pensadas para este colectivo, en vez de celebrar todas las comidas y
actos de las fiestas.
13. Haz que los regalos sean fáciles de abrir.
Si tu hijo tiene problemas con las habilidades motoras, haz que los regalos no sean difíciles de abrir.
¿QUÉ SON Y CÓMO REALIZARLOS? La
psicomotricidad se refiere al control del propio cuerpo, bien al
control de piernas, brazos, cabeza y tronco (psicomotricidad gruesa) o
al control de manos y dedos (psicomotricidad fina).
La
psicomotricidad está muy relacionada con el nivel de maduración del
niño. Pero en ocasiones es necesario ejercitarla para que se desarrolle.
Estos
ejercicios están pensados para niños que necesitan estimular o
ejercitar su psicomotricidad y pueden ser realizados por los padres.
Para realizarlos, se deben cumplir dos normas básicas:
1º. SEGURIDAD: Que
los ejercicios no supongan un peligro para el niño, por ejemplo, un
niño que anda con mucha dificultad, puede ser peligroso que baje
escaleras sólo.
Transmitirle seguridad cuando haga los ejercicios: a veces, demasiada protección transmite inseguridad.
2º. GRADUAL: De
más ayuda de los padres, a menos ayuda; y de menos dificultad a mayor
dificultad. Por ejemplo, si hacemos el ejercicio de recibir objetos: le
lanzaremos la pelota muy próximos y poco a poco nos iremos alejando más.
O le ayudamos a bajar escalones cogidos de la mano y poco a poco lo
vamos soltando.
Debemos plantear los ejercicios como un juego, en el que pueden participar también los hermanos.
Las sesiones deberían ser diarias, durante 15 minutos de tiempo como mínimo.
EJERCICIOS DE PSICOMOTRICIDAD FINAAdivinar objetos con los ojos tapados, solo con el tacto.
Apretar con fuerza una pelotita en la mano.
Reproducir construcciones realizadas con bloques.
Abrir y cerrar tarros o botellas. Modelar con arcilla o con plastilina.
Meter cuentas en una cuerda o cinta.
Pasar páginas de un libro, una a una.
Trocear papeles: cada vez más pequeños.
Hacer bolitas de papel o de plastilina.
Aplastar bolitas de papel o de plastilina.
Pulsar teclas con todos los dedos.
Adivinar qué dedos te toco: con los ojos tapados, pasamos un lápiz por un dedo y adivina cuál es.
Luego por dos dedos y así en aumento.
Recoger objetos pequeños (botones, fichas, garbanzos) con los dedos guardándolos en la mano.
Dibujar en una hoja una especie de carretera y cortar con las tijeras por el centro.
Recortar con tijeras.
Pasar un lápiz con una cinta atada por agujeros hechos en cartón, como si estuviera cosiendo.
Colorear: con pintura de dedos, con ceras, rotuladores gruesos o con lápices si es capaz.
Dibujar figuras uniendo puntos marcados.
EJERCICIOS DE PSICOMOTRICIDAD GRUESA COORDINACIÓN DE PIES Subir escaleras: sujeto a la baranda y luego suelto.
Bajar escaleras: sujeto a la baranda y luego suelto.
Andar de puntillas.
Saltar con los dos pies, cayendo en el mismo lugar.
Andar
sobre una línea recta manteniendo el equilibrio: se puede pintar con
tiza un camino haciéndolo cada vez más sinuoso y estrecho.
Caminar marcha atrás manteniendo el equilibrio. Andar sobre un bordillo manteniendo el equilibrio.
Saltar a la cuerda.
Andar por baldosas de dos colores (en damero) pisando sólo un color.
Sostenerse sobre el pie derecho manteniendo el equilibrio. Después sobre el izquierdo.
Pasar un “circuito”, realizado en el que hay que andar, saltar, pasar a gatas, dar una voltereta...
COORDINACIÓN DE BRAZOS Botar una pelota.
Lanzar un objeto (una pelota) a otro: con las dos manos y luego con una mano(derecha e izquierda).
Recibir un objeto (una pelota, una bolsa de tela) con las dos manos y luego con una mano (derecha e izquierda).
Jugar a hacer blanco sobre objetos con una pelota o bolsa de tela; por ejemplo,jugar a los bolos.
OTROS JUEGOS
Casi todos los juegos al aire libre.
Deportes en equipo o individuales: bici, patinete, raquetas...
Aprender
a hablar
es un proceso instintivo y natural, pero los
adultos pueden ayudar.
Estimular al niño desde que emite sus primeros balbuceos hasta que
es capaz de pronunciar las primeras frases es fundamental
para el desarrollo lingüístico del pequeño,
según algunos especialistas.
Del
balbuceo a las palabras. Este es el primer camino por el lenguaje
que recorre el bebé. Comienza cuando emite sus primeros fonemas,
alrededor de los siete o nueve meses. Cuando cumple
los 12 o 15 meses, ya suele ser capaz de denominar algo por su
nombre.
A partir de entonces, y hasta que alcanza los cinco años, el
pequeño desarrolla su capacidad lingüística. Amplía poco a poco
su vocabulario y aprende a construir frases completas. El
niño aprende a hablar.
Los
juegos pueden estimular el aprendizaje del habla del niño
Este
aprendizaje se produce de forma natural, pero adaptado al ritmo y
características de cada menor. Sin embargo, sí hay
juegos y actividades con las que se puede apoyar el habla del bebé.
"La actitud de los padres no debe ser pasiva",
defiende el destacado psicólogo estadounidense B.F. Skinner, que sostiene que el medio que rodea al niño tiene un
papel muy relevante en su desarrollo del habla. "Desde las
primeras edades, el entrenamiento auditivo es la base para el
correcto desarrollo de la comunicación oral", apunta, por su
parte, Margarita Gil, directora de un gabinete de aprendizaje y
lenguaje.
A
continuación se explican algunos juegos
para apoyar a los pequeños en su aprendizaje del habla
que recomienda esta especialista.
Los los juegos son divertido para los niños, pero, además, le pueden ayudar a
aprender a hablar.
El
traductor de sonidos
Un
buen ejercicio para que el pequeño aprenda a discriminar
los sonidos
y los relacione con el lenguaje es hacer de traductor
de sonidos.
Para ello, el adulto debe traducir
con la palabra correspondiente los sonidos y ruidos cotidianos que
se producen de forma habitual, como el
timbre de la puerta, la lavadora o el teléfono.
También se pueden utilizar los de la calle: una sirena, pitidos, un
perro o coches. Y los de la naturaleza:
un pájaro, el viento, la lluvia, etc.
¿Dónde
estoy?
Con
este juego se puede enseñar a los más pequeños a localizar
el origen del sonido.
El adulto se puede ocultar en distintas partes de la casa y emitir
un sonido desde su escondite. También se puede hacer esta actividad
con la ayuda de un juguete sonoro.
¡Saca
la lengua!
Sacar
la lengua, hacer muecas, cerrar y abrir los ojos,.....
Este
juego permite entrenar los movimientos. Para ello, hay que pedir al
niño que nos imite. Luego esperamos lo que hace el y nosotros
imitamos sus movimientos.
Vamos
a soplar
Para
aprender a articular
bien las palabras,
el niño debe ejercitar la respiración y también aprender a
acompasar el ritmo de la misma. Un buen ejercicio para ello es a
soplar una vela.
Otra
propuesta es colocar pequeñas bolitas de papel o de algodón sobre
una superficie lisa y soplar
sobre ellas para lograr que lleguen las primeras a la meta.
Tambien se puede soplar por una pajita en la bañera y ver como
salen las burbujas.
La
orquesta
Este
juego permite relacionar
el lenguaje gestual con el oral a través de los sonidos.
En este caso, será la música la que estimula el habla del niño.
El
adulto enseña al pequeño los diferentes sonidos de los
instrumentos musicales a la vez que realiza el gesto que le
corresponde (simula que los toca). Así, el tambor será pon,
pon, pon,
la trompeta pa,
pa, pa
y la guitarra ran, ran, ran. El pequeño debe identificar cada gesto
y responder con la onomatopeya correspondiente.
Mirar
cuentos con el bebe y al principio vocalizamos nosotros la
onomatopeya correspondiente a la imagen, luego esperemos si lo hace
el bebe.
Consejos
para no frenar el habla del niño
Dejarle
hablar.
No interrumpir al niño cuando quiere expresarse para corregirle, ni
terminar las frases por él para acelerar la conversación.
Aprovechar
cualquier ocasión para introducir
sonidos o vocabulario.
Leer
con el pequeño y
dejarle participar de forma activa en la lectura.
No
corregirle cuando articule mal una palabra.
Es mejor introducir el término de forma correcta de nuevo en la
conversación.
Los
padres son el principal modelo lingüístico para el niño. Por eso
hay que cuidar
el propio vocabulario
y evitar utilizar un lenguaje infantilizado.
La integración sensorial es la capacidad
del sistema nervioso para interpretar la información percibida por los
sentidos y generar respuestas inmediatas. Cuando falla una de las piezas
que componen ese mecanismo, los niños se enfrentan a más obstáculos de
los habituales y se irritan, se retraen o explotan… emocionalmente
El nivel de actividad bajo o muy alto es uno de los signos de la Disfunción de Integración Sensorial. EFE/Arno Burgi
Somos máquinas que escaneamos la realidad a
través del gusto, la vista, el oído, el tacto, el olfato, el movimiento,
la gravedad y la posición. “La integración sensorial es la
función del sistema nervioso para asimilar la información del entorno y
obtener la percepción correcta de la situación que nos rodea”, explica a EFEsalud Isabelle Beaudry, directora de la Clínica de Terapia Ocupacional Pediátrica Beaudry-Bellefeuille (Oviedo).
Se trata de “un proceso neurológico que
nos permite utilizar nuestro cuerpo eficazmente en cada contexto,
organizando la información sensorial que recibimos de nosotros mismos y
del entorno para emitir respuestas adecuadas”, precisa Víctor da Silva Gamo, director del Centro Sensory (Madrid).
La secuencia lógica es percibir, organizar y responder, pero muchos
niños tienen dificultades a la hora de seguirla y se enfrentan a la Disfunción de Integración Sensorial (DIS) o Desorden en el Procesamiento Sensorial (DPS).
La realidad desordenada
Johanna León García, terapeuta ocupacional y fundadora de la Asociación de Terapia para la Salud y la Educación (SALUDE), asegura que “el DPS afecta a niños que no tienen problemas neurológicos ni genéticos y que hay al menos uno con estas dificultades en cada aula del jardín de infancia”.
EFE/Óscar Corral
Desde la etapa preescolar, padres y educadores se encuentran con
signos de esta disfunción, que tiene consecuencias en muchos niveles.
“El funcionamiento del sistema sensorial y su integración es la base
para un desarrollo óptimo de capacidades como concentración, planificación, praxis, aprendizaje académico, autoestima, autocontrol y habilidad motora”, señala el experto da Silva Gamo.
Agrega que “desde bebés hay
comportamientos que pueden anticiparnos una posible disfunción como
retraso motor, dificultades de alimentación, intolerancia a estar boca
arriba o alteraciones del sueño”.
La terapeuta Isabelle Beaudry, por su parte, explica que una de las dificultades para tratar el DPS es que no es fácil de detectar
por una persona que no esté específicamente formada porque se
manifiesta en “dificultades sutiles que se pueden atribuir a otros
problemas” o se confunde con una mala crianza que despierta culpabilidad en muchos padres.
Los expertos describen el perfil de los niños con DPS:
Son hostiles, irritables, difíciles, agresivos o explotan en llanto sin razón aparente.
Los niños con DPS tienen muchas dificultades en el aprendizaje. EFE/Manuel Bruque
Son retraídos, lentos, excesivamente tranquilos y mantienen la
postura decaída o todo lo contrario: extremadamente activos y ansiosos;
no paran de correr y de moverse.
Se enfadan al percibir ciertos sonidos, estímulos visuales,
movimientos, texturas y olores. Les molestan las etiquetas de la ropa,
las sábanas, cortarse las uñas, el pelo o comer ciertos alimentos.
No siguen el mismo ritmo de aprendizaje que los demás niños de su
edad. Se confunden al copiar de la pizarra, leer, escribir o recortar.
Tienen dificultades en el razonamiento lógico, en la secuenciación o
en la planificación motora. También en las tareas matemáticas y en la
memorización de conceptos.
Son descoordinados para practicar deportes y se tropiezan mucho. No les gusta trepar, saltar, colgarse o columpiarse.
Parte de otros diagnósticos
Un abanico tan variado de signos hace que niños con DPS reciban otros diagnósticos como trastornos de la conducta o el Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH), según la terapeuta Isabelle Beaudry.
Johanna León, especialista de SALUDE, considera que aunque el TDAH y
el DPS son distintos, porque el primero es de origen neurobiológico, “frecuentemente coexisten”.
Cita un estudio de la terapeuta estadounidense Lucy
Miller que concluyó, en una investigación con 2.400 niños, que el 60%
padecía ambos trastornos a la vez. “En otro estudio, Miller demostró que
los comportamientos emocionales, de atención y sensoriales son
significativamente diferentes entre los niños con TDAH y con DPS”,
enfatiza León.
La Disfunción de Integración Sensorial puede entenderse, entonces, como parte de otros diagnósticos.
En palabras del terapeuta da Silva Gamo: “Hay comportamientos que son
signos de DPS y pueden ser también signos de otras patologías; este
trastorno puede cursar de forma aislada o como parte de otra patología”.
El juego como terapia
Isabelle Beaudry afirma que la investigación del DPS se ha
desarrollado dentro de la terapia ocupacional, “un ámbito profesional
que analiza problemas de participación en la vida diaria que son,
precisamente, los que tienen estos niños”. Por eso, sugiere que los padres busquen un terapeuta ocupacional formado en integración sensorial.
Las
terapias para tratar los problemas de integración sensorial se centran
en el juego. Foto cedida por la terapeuta Johanna León.
Víctor da Silva Gamo subraya que “el terapeuta ocupacional es el
único profesional sanitario cualificado para tratar desde el Enfoque de
Integración Sensorial”.
El consejo lo repite la especialista Johanna León, que recomienda una valoración
de las funciones sensoriales del niño que incluye motricidad,
equilibrio, coordinación, capacidad de organización, planificación,
desempeño de actividades de autocuidado y características del ambiente
que lo rodea.
Da Silva Gamo define, desde su experiencia en el Centro Sensory, la
terapia para el DPS: “Se realiza en sesiones individuales en las que, a través del juego, se utiliza la motivación intrínseca del niño para conseguir respuestas adecuadas del procesamiento sensorial”.
La estimulación visual es fundamental en las terapias. Foto cedida por Johanna León.
Aclara que estas actividades no constituyen una “exposición
continuada a estímulos sensoriales ni entrenamiento repetitivo en
habilidades”, sino que se centran en las experiencias sensoriales para
obtener respuestas cada vez más complejas.
Para Beaudry la terapia ocupacional es muy activa y busca “enganchar la motivación interna lo que, en los niños, se logra a través del juego”. El objetivo es ganar su atención para encaminarlos hacia la rehabilitación.
“La pregunta del millón”
Si un niño puede recuperarse completamente de su DPS es “la pregunta
del millón” para la terapeuta Isabelle Beaudry, que lleva 25 años
tratando esta disfunción.
EFE/Nacho Gallego
Esta experta argumenta que la Disfunción de Integración Sensorial exige un proceso de neuro-rehabilitación.
En ese sentido, asegura que con terapia los niños “pueden
mejorar mucho, sobre todo cuando inician en edades muy tempranas, porque
el sistema nervioso aún es maleable y hay plasticidad neuronal”.
No obstante, advierte que el DPS deja marcas sutiles que pasan a ser rasgos del temperamento o de la forma de ser.
“Hay personas a las que llamamos ‘tranquilas’: evitan luces, sonidos o
grandes concentraciones de gente y otras, en cambio, disfrutan con
estímulos fuertes”, concluye Beaudry.
Muchas veces vestir al niño es toda una odisea, le
ponemos una camiseta y él se la quita a toda velocidad. Otras veces son
los zapatos, o son anchos, o estrechos, o suaves o duros, o lo que sea,
sencillamente se los quitan, o no quieren andar. O cuando queremos
abrazarlos para besarlos, sencillamente nos apartan con cara de
desagrado. A veces un sonido como el de una aspiradora, o la sirena de
una ambulancia o cualquier otro sonido, hacen que el niño se tape los
oídos y a veces salga despavorido. A veces comen cosas como tierra (no
siendo esto el famoso pica).
Otras veces presentan berrinches o Tantrums descomunales (sobre los
cuales hablaremos en un próximo artículo) y sin sentido aparente,
berrinches que pueden duran muuuucho. La comida puede ser otro gran
problema, o está fría, o caliente, o dura, o áspera o lo que sea; comer
es siempre todo un problema. A veces, en una situación aparentemente
normal y tranquila, el niño sale huyendo, con el peligro que esto
conlleva en una sociedad moderna. Si su hijo presenta alguna de estas
conductas, quizá tenga un Trastorno del Procesamiento Sensorial (TPS).
El Trastorno del Procesamiento Sensorial (Sensory
Processing Disorder – SPD) a día de hoy se estima que afecta
aproximadamente al 3% de los niños. Suele presentarse como una
comorbilidad muy común en los Trastornos del Espectro del Autismo (TEA),
Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH), Trastorno
Obsesivo Compulsivo (TOC) y otros trastornos del neurodesarrollo. Aunque
se presume que el impacto en niños con autismo es muy elevado. Según un
estudio del 2009 (Ver el mismo en Anexos) se constató que uno de cada 6
niños presenta este tipo de problemas. Aunque los datos actualizados
sobre TEA están disparando esta cifra, variando del 70 al 40%, pero
lamentablemente este aspecto no está suficientemente bien documentado a
día de hoy.
¡Me quito la ropa y me voy al agua! ¡Adoro el agua! Sin importarles el lugar se lanzan al agua donde pueden permanecer horas
Este trastorno explica muchas de las conductas de los
niños con autismo, conductas a priori inexplicables y que pueden ser
toda una tortura, tanto para el niño como para quienes “sufren” sus
rabietas o conductas impropias. Además, existe la teoría de que este
problema está directamente relacionado con las conductas de “escapismo”
de los niños con autismo. Sobre este punto ya informamos en el artículo “Informe preliminar sobre el peligro de escaparse de los niños con autismo”.
Y relacionado con esto aparece el agua. El agua ejerce cierto efecto de
fascinación en muchos niños con autismo. Se cree que esta fascinación
por el agua está relacionada por los reflejos , movimientos y sonidos
que esta produce, siguen patrones que resultan relajantes. Otra es el
efecto sensorial que el agua produce. De ahí que muchos Terapeutas
Ocupacionales lleven a sus alumnos a la piscina para hacer terapia, ya
que en el agua suelen estar mucho más calmados y tranquilos. Ese efecto
envolvente del agua parece producir un efecto muy relajante. Pero a su
vez puede resultar muy peligrosa, se han dado ya muchos casos de muerte
por ahogamiento. Es importante que nuestros niños aprendan a nadar o
flotar lo antes posible.
Otras conductas frecuentes y relacionadas con el
mismo tema son la realización de sonidos guturales, estos presentan una
frecuencia monotonal, realizándolos de forma reiterativa. Suelen
acompañar este tipo de sonidos con aleteo de manos, caminando de
puntillas o con los típicos balanceos. Es también frecuente el uso de
cordeles o bolsas de plástico, los cuales agitan de forma sistemática,
pudiendo pasar largos períodos de tiempo con este tipo de acciones. Ese
movimiento repetitivo y controlado por ellos los lleva a un
ensimismamiento total.
También es muy frecuente la hipersensibilidad a
determinados sonidos, tal y como apuntábamos al principio del artículo,
la sirena o timbre del colegio puede ser algo terrible para estos niños.
Es frecuente ver como se golpean las orejas o se las tapan con las
manos mientras muestran una cara de gran desagrado. Es destacable
también la torpeza en muchos niños, dado que al no tener un buen sentido
del equilibrio se caen con mucha facilidad.
Otro de los aspectos relevantes sobre el problema
sensorial en el autismo se puede apreciar en los balanceos que el niño
realiza de forma sistemática y que le producen cierta calma. Cuando el
niño se excita, suele sentarse frente a una pared e iniciar un balanceo
sin motivo aparente. Este balanceo puede ser usado por el niño como un
sistema de evasión y relajación. De hecho, los Terapeutas Ocupacionales,
en la terapia de integración sensorial usan el movimiento y balanceo
del niño como un medio de calmarlo y aprovechar para darle otro tipo de
terapia. Cuando el niño está calmado y receptivo es mucho más sencillo
el poder trabajar con él, consiguiendo de esta forma dos objetivos al
mismo tiempo, regular sus problemas sensoriales y trabajar la terapia.
Algunas de las señales de alarma del Trastorno del procesamiento sensorial han sido recopiladas por la “Sensory Procesing Disorder Foundation” y que reproducimos íntegramente aquí:
El Trastorno de Procesamiento Sensorial o TPS puede
afectar a uno o varios sentidos (vista, gusto, tacto, olfato, oído,
propiocepción y/o sentido vestibular/equilibrio). Algunos niños con este
trastorno se sienten bombardeados por la información sensorial y la
evitan. Otros, al contrario, parece que no se dieran cuenta de los
estímulos que los rodean, y son indiferentes. Algunos “niños
sensacionales” como se llama a quienes sufren este trastorno, tienen
problemas de coordinación. A otros se les antoja tener estimulación
sensorial intensa y activamente la buscan. Los síntomas varían dentro
del trastorno. Si usted reconoce algunos de los siguientes síntomas en
su hijo, debe mandarle a hacer exámenes o estudios para determinar si
efectivamente tiene un trastorno de procesamiento sensorial.
Bebes entre cero y 36 meses
‐Problemas de alimentación o sueño.
-Irritable cuando lo están vistiendo, incómodo con su ropa.
-Rara vez juega con juguetes.
-Resiste que lo alcen; curva la espalda cuando lo alzan
-No puede calmarse él solo.
-Torpe, poco flexible, cuerpo tieso. Demorado en actividades motoras.
Pre‐escolares (niños y niñas entre 3 y 5 años)
-Muy sensible al tacto, ruidos, olores u otras sensaciones o a la gente.
-Se distrae fácilmente, se mueve mucho, es agresivo.
-Dificultad para vestirlo, darle de comer, dormirlo y/o entrenarlo para ir solo al baño.
-Dificultad para hacer amigos.
-Torpe, débil, habilidades motoras bajas.
-En constante movimiento; en la cara y en el espacio de todos.
-Pataletas frecuentes o largas especialmente cuando debe cambiar de actividades.
Niños entre 5 y 12 años
-Muy sensible al tacto, ruidos olores u otras sensaciones y/o a la gente.
-Se distrae fácilmente se mueve mucho, es agresivo.
-Se sobrecarga fácilmente, sintiéndose angustiado por las circunstancias.
-Dificultad para aprender a escribir o actividades motoras.
-Dificultad para hacer amigos.
-Indiferente al dolor propio o el dolor de los demás.
Adolescentes y adultos
-Muy sensible al tacto, ruido, olores, otras sensaciones y/o a la gente.
-Baja auto‐estima, miedo o torpeza al comenzar nuevas actividades.
-Letárgico y lento.
-Siempre activo, impulsivo, distraído.
-Deja los trabajos sin terminar.
-Torpe, lento, habilidades motoras bajas.
-Dificultad para concentrarse.
-Dificultad para concentrarse en el trabajo y en reuniones.
Los síntomas del trastorno de procesamiento sensorial
ocurren dentro de un amplio espectro de severidad. Mientras que la
mayoría de la gente encuentra ocasionalmente dificultades para procesar
la información sensorial, la característica en niños y adultos con TPS
es que estas dificultades son crónicas, y les interrumpe el diario
vivir. Este trastorno solo puede ser diagnosticado después de pruebas
muy complejas que solo pueden ser practicadas por profesionales de la
medicina, psicología o ramas relacionadas.
¿Qué hacer si nuestro hijo presenta problemas sensoriales?
Básicamente este problema se pude explicar como si el
niño no tuviese bien sintonizados sus sentidos. De forma que todos se
activasen de forma desordenada y a la vez, provocando este tipo de
conductas, lógicas por otra parte. El propósito de la terapia de
integración sensorial no es otro que el trabajar en realizar esa
sintonía sobre sus sentidos y aspectos sensoriales. Podríamos decir que
la sensación es como entrar en una discoteca, con un par de audífonos
para aumentar la capacidad auditiva, con unas gafas que a su vez
ampliasen el efecto de las luces, vestidos son ropa realizada con papel
de lija, unos zapatos de buzo de 10 kilos cada uno y con un cuatro
cafés, como es lógico, a los 5 minutos estaríamos al borde de un ataque
de histeria. Bien, pues llevar a cabo una terapia de integración
sensorial. Esta debe de ser llevada a cabo por profesionales
acreditados. Al igual que sucede con la Hipoterapia, dar vueltas a lomos
de un caballo no es una terapia, pues con esto es lo mismo. Existen
unas técnicas específicas, y además hay que hacer un estudio previo del
niño para descubrir cual son los aspectos más afectados para trabajar en
ellos. En autismo las intervenciones deben de adecuarse al niño y no al
revés.